Este fin de semana, en Amalurra, alrededor de un centenar de personas nos dimos cita para transitar el retiro de primavera bajo el arquetipo del Sanador y, ahora, siento que lo que se ha abierto durante estos días ha sido, verdaderamente, un espacio de profunda sanación.
La primavera nos recuerda que la vida no brota de cualquier manera. Después del invierno, algo en la tierra se reordena, se abre y se prepara para acoger de nuevo la vida. Antes de la flor, hay una preparación silenciosa, humilde y radical. No se empieza por el brote, sino por el suelo que habrá de sostenerlo.
La tierra no es algo ajeno a nosotros, porque también nosotros somos tierra. Formamos parte de la naturaleza y participamos de sus ritmos, de sus ciclos de recogimiento, maduración y renacimiento. Así como la tierra se dispone para una nueva siembra, también nuestro mundo interior necesita abrir espacio para que algo nuevo brote.
En ese sentido, lo vivido durante el retiro ha sido expresión de ese mismo proceso que la primavera revela tanto fuera como dentro: algo se abre, algo se reordena, algo encuentra su lugar para que la vida pueda brotar de nuevo. También en nosotros, aquello que ha quedado herido, separado o inconsciente necesita ser reconocido e integrado, para que podamos recuperar una relación más verdadera con quienes somos y abrir la posibilidad de que vuelva a brotar en nosotros una vida en conexión con nuestra esencia y con la autenticidad del Ser.
En esta sintonía, se fueron desplegando de manera orgánica, y como parte de ese mismo proceso, las distintas fases que hemos recorrido durante el fin de semana.
Primero, fue necesario limpiar la tierra, que no consiste solo en apartar lo superficial, sino en reconocer aquello que ya no nos sirve, lo que ya no funciona y que, sin embargo, seguimos repitiendo por costumbre, por miedo, por apego a lo conocido o porque nos da una identidad. Limpiar es mirar de frente esas inercias, esos patrones y relatos repetidos y comenzar a dejarlos atrás. Sin rechazarlos, simplemente comprendiendo que, en su momento, nos ayudaron a sostenernos, a sobrevivir, pero que hoy, si continúan ocupando el mismo lugar, no permiten que aquello que quiere brotar encuentre espacio. Precisamente ahí empieza la sanación: cuando podemos mirar con verdad esos patrones y dejamos, poco a poco, de vivir identificados con ellos.
Después, hubo que arar la tierra y removerla para tocar capas más profundas. Este movimiento no siempre resulta cómodo, porque remover implica alterar un orden conocido y romper una superficie que parecía estable, pero que, en realidad, estaba endurecida. En nosotros también hay zonas que se han ido compactando con el tiempo, sostenidas por el trauma, por las defensas o por la costumbre de vivir desde el personaje y la reacción. Pero cuando la vida quiere entrar más adentro, inevitablemente toca esos lugares y los descoloca.
En este sentido, uno de los aprendizajes más importantes que nos ha traído el retiro ha sido la necesidad de reconocer y nombrar la propia verdad, esa verdad concreta de lo que está vivo en nosotros en cada momento. Reconocerla es clave, porque aquello que no miramos de frente sigue actuando desde la sombra. Poder reconocer, por ejemplo, que he traicionado, que me he vengado, que he manipulado, que estoy resentida, que hay miedo o dolor, no nos aleja del camino; al contrario, nos sitúa en él.
Sin embargo, cuando pasamos por encima de lo que sentimos, cuando reaccionamos desde ello sin nombrarlo o cuando, en lugar de reconocer la verdad de lo que nos habita, intentamos suavizarla, taparla o convertirla en algo más aceptable, dejamos de estar en relación con lo que “es”, con la verdad de lo que realmente está ocurriendo en nosotros. Entonces volvemos a movernos desde lo que “no es”, desde las defensas, la reacción o las formas que hemos aprendido para sobrevivir.
Y, sin embargo, cuando una persona es capaz de decir con honestidad “esto es lo que estoy sintiendo”, aunque sea incómodo, vulnerable o difícil de sostener, algo empieza a ordenarse. El conflicto no desaparece de inmediato, pero deja de distorsionar la experiencia y comienza a convertirse en una puerta.
De ese modo fuimos profundizando, abriendo dentro de cada uno un espacio donde algo más esencial pudiera ser sembrado y empezar a brotar. Y, en ese lugar, lo que se ha asomado ha sido la inocencia.
La inocencia es la pureza de lo que somos, ese lugar donde no hay defensas, ni estrategias, ni personaje, ahí donde la vida permanece intacta, empujando todavía por abrirse paso; la inocencia como semilla, como expresión de lo que “es”, de aquello que sigue vivo en nosotros más allá del dolor, del trauma y de todas las formas que hemos ido construyendo para sobrevivir.
Durante el retiro hemos podido ver que no tenemos que construir la inocencia, porque ya está, porque nunca se perdió del todo. Ha permanecido incluso cuando quedó cubierta por la herida o por los mecanismos de supervivencia. Nunca se retiró. Y ahora insiste, empuja y busca su lugar una y otra vez, atravesando nuestras resistencias.
Quizá por eso, también hemos podido ver lo delicado que es ese lugar, cómo necesita ser cuidado y sostenido con presencia y coherencia para no perdernos de nuevo en los automatismos. Tal vez ahí se revele una de las claves más profundas de este camino: que esa inocencia es la semilla, que eso es lo que “es” y que vivir en relación con ello requiere compromiso y responsabilidad.
También ha sido profundamente revelador observar cómo, cuando parte de esa inocencia comienza a abrirse paso, cambia también la manera en que nos encontramos con el otro: sin identificarnos con la herida, las defensas o la necesidad, sino desde un lugar más esencial, más disponible para la vida.
Durante el retiro, se ha hecho especialmente visible la importancia de la reciprocidad como una experiencia real en la que dar y recibir se van equilibrando de manera natural. Hemos visto cómo, en espacios donde han aparecido bandos enfrentados, posiciones o conflictos heredados, algo distinto se ha abierto cuando dejamos de identificarnos con ellos. Entonces deja de ser una cuestión de quién tiene razón o de qué lado estamos, para pasar a reconocer cuál es el movimiento que la vida pide en ese momento.
Desde ahí, se ha hecho posible acercarnos, pedir perdón o recibirlo, sostener y dejarnos sostener sin forzar, sin quedar atrapados en un rol fijo. La reciprocidad ha aparecido así como un movimiento genuino, donde cada uno ha podido ocupar su lugar sin excluir al otro y donde la sanación ha dejado de ser individual para convertirse en un proceso compartido.
Como último paso, fue necesario nutrir la tierra, porque no basta con limpiar, remover o profundizar si después no sabemos sostener con cuidado aquello que empieza a brotar. Nutrir tiene que ver con crear condiciones, con acompañar sin forzar, con confiar en que hay procesos que necesitan tiempo. Y esto vale también para nuestra sanación.
Siento que lo que hemos vivido en Amalurra durante este retiro de primavera no ha sido tanto un aprendizaje, ni una suma de contenidos, sino la experiencia de preparar la tierra; la disposición de mirar con verdad, de soltar lo que ya no nos sostiene, de abrir espacios nuevos y de cuidar aquello que comienza a nacer.
Pero, sobre todo, ha sido una invitación a volver, una y otra vez, a lo que somos en esencia, comprendiendo que sanar no es llegar a un lugar, sino aprender a vivir en coherencia con nuestra verdad, al servicio de la Vida.
