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Perú: cerrar un ciclo; abrir un nuevo tiempo

31/03/2026

Han pasado ya 34 años desde la primera vez que viajé a Perú. En este tiempo he regresado en distintas ocasiones, pero este último viaje, en el marco del festival Holi Nada – Puente Arco Iris organizado por Matías De Stefano, ha tenido un significado especial: la sensación de estar cerrando un ciclo importante de mi vida y abriéndome, al mismo tiempo, a un tiempo nuevo.

Ha sido un viaje intenso, bello y muy significativo, atravesado por la memoria, la ancestralidad y todo lo que, con los años, ha ido revelando su verdadero sentido.

Volver ahora a lugares como la Isla del Sol, el Valle Sagrado, Cusco, Machu Picchu o Aramu Muru —territorios cargados de historia, cultura y ancestralidad— ha tenido un significado difícil de explicar, porque no era solo regresar a lugares sagrados, sino reencontrarme con paisajes profundamente ligados a una etapa iniciática de mi vida.

Además, participar en el trabajo guiado por Matías de Stefano me ha permitido entrar en un espacio sutil, donde la información no llega de forma lineal, sino que va desplegándose poco a poco. Su forma de canalizar, limpia y precisa, trae códigos y comprensiones que continúan abriéndose los días posteriores, dejando la sensación de que algo sigue trabajando dentro, más allá de lo visible.

Y, sin embargo, para comprender lo que este viaje ha significado, necesito retroceder a 1992. Aquel año sentí el impulso de viajar a Norteamérica. Durante tres meses, recorrí distintos territorios que dejaron una profunda huella en mí. En Nuevo México, recibí las bendiciones de los chamanes Pueblo y continué el viaje atravesando Arizona, adentrándome en México hasta, finalmente, llegar a Perú.

Desde el inicio, la experiencia estuvo profundamente marcada por la conexión con la Tierra. Hubo lugares —el río Colorado, Sedona, la Mujer Araña, la tierra de los Hopi— donde esa conexión se hizo especialmente intensa. Participé en ceremonias y, en algunos momentos, tuve la sensación de ser llevada al interior de la Madre Tierra, como si algo en mí se abriera a dimensiones que, hasta entonces, habían permanecido dormidas.

Antes de partir, recibí de mis espíritus aliados un mensaje que entonces no acabé de comprender: debía penetrar en el interior de la Tierra. Durante el viaje, traté de entenderlo de forma literal, buscando puertas físicas. Con el tiempo, comprendí que se trataba de entrar en la memoria ancestral, acceder a lo que estaba guardado en la profundidad para poder mirar y contribuir a la sanación de heridas culturales colectivas de mi pueblo, Euskal Herria.

En México, conocí a Antonio Velasco Piña, cuya presencia me impactó profundamente. Él me entregó el legado de Regina, una figura que encarna el despertar de lo femenino profundo: la sabiduría del corazón, la capacidad de cuidar, incluir y sostener la vida. Recibir el fuego de Regina como símbolo de ese despertar fue también asumir una responsabilidad que marcaría el siguiente tramo de mi camino.

El viaje continuó hasta Perú, donde participé en la Carrera Continental de las Jornadas de Paz y Dignidad y en el décimo Pachacútec, una celebración que marca el paso de un tiempo de oscuridad a otro de fraternidad entre los pueblos. Y allí fue donde viví uno de los episodios más significativos de mi vida.

Aunque había llegado por iniciativa propia y no en nombre de ninguna institución, en un encuentro ceremonial, los representantes indígenas me nombraron depositaria del perdón que concedían a España por el dolor infligido durante la conquista, además de portadora de ese mensaje en Europa. Aquel gesto fue profundamente conmovedor, pero también enormemente exigente: implicaba asumir una responsabilidad colectiva.

Además, este hecho tuvo mayor peso teniendo en cuenta que nací en Gernika (País Vasco). Mi propia historia, y la memoria traumática de mi pueblo, resonaban intensamente con ese acto de perdón. En ese momento, se encontraron dos heridas: la de los pueblos indígenas y la de mi propio pueblo. Comprendí que aceptar tal símbolo implicaba asumir la tarea de tender un puente de reparación y de acercamiento entre memorias.

Y ese puente se abrió.

A mi regreso, facilité la llegada de pueblos indígenas a nuestra tierra para compartir su tradición, sus ceremonias y su forma de entender la vida. El intercambio que se generó fue más allá de lo cultural. Fue un reconocimiento entre memorias, pueblos y entre modos de comprender y vivir la existencia.

Todo ese proceso despertó en mí la necesidad de volver a mis propias raíces. Ellos estaban profundamente conectados con su legado y yo sentí la urgencia de reconectarme con el mío: con la tradición matrilineal de Euskal Herria, con nuestra diosa Mari, con la memoria de aquellas mujeres vinculadas a la Tierra, guardianas de una sabiduría ancestral que fue atacada y silenciada.

En 1993, impulsada por todo lo recibido, convoqué mi primer círculo de mujeres. Aquel fue el inicio de una etapa decisiva en la que abrí espacios en los que sanar la separación con lo femenino profundo, recuperar el vínculo con la Tierra, con el cuerpo, con nuestros sentimientos y con el legado de nuestras ancestras.

Con el tiempo, fui comprendiendo que todo aquello formaba parte de un mismo proceso, de un camino de integración, de un trabajo de sombra, de una manera de ir acogiendo lo que había quedado fuera, tanto en lo personal como en lo colectivo.

Por eso, este regreso a Perú ha tenido para mí un sentido tan profundo. Ha sido una forma de volver al origen para reconocer el camino recorrido, honrar lo recibido y dejar que algo pueda cerrarse en paz.

Esta vez, he vuelto a caminar esos paisajes desde otro lugar interior, con menos urgencia de buscar y más disposición a comprender, con la sensación de que muchas de las semillas que recibí entonces ahora muestran con claridad parte de su sentido.

También me ha vuelto a conmover la cultura de la tierra presente en sus gentes: la humildad, la suavidad, el cariño en el trato. Hay algo en esa forma de estar que sigue recordándome lo esencial.

Siento que este viaje marca el cierre de una etapa que comenzó entonces, cuando recibí símbolos y compromisos cuya dimensión todavía no podía entender.

Y, además, abre un tiempo nuevo desde un estado más maduro, desde una forma más real de comprender lo sembrado y de seguir caminando.

A veces, la vida nos lleva lejos. Y, otras veces, nos devuelve, con suavidad, al lugar donde todo comenzó para que podamos mirar lo vivido con otros ojos y, así, cerrar el círculo.

Eso ha sido Perú para mí esta vez: origen, memoria y cierre. Y, también, silenciosamente, un comienzo.

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