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La sanación chamánica

17/05/2026

El pasado fin de semana, en el taller básico de chamanismo, volví a abrir un espacio de trabajo profundo en el que convergieron la metodología chamánica y una mirada orientada a tomar conciencia de aquellos aspectos de nosotros mismos que permanecen en la sombra. Mi intención no fue solo enseñar prácticas chamánicas, sino convertirlas en una verdadera experiencia de sanación.

Como tantas veces sucede en los procesos vivenciales, lo trabajado en sala no termina cuando finaliza el taller. Algo sigue desplegándose después, en la conciencia, en el cuerpo y en la manera en que cada persona empieza a mirar su propia vida.

A partir de la experiencia que tuvimos en el taller, he sentido la necesidad de ordenar algunas comprensiones, reflexionando sobre lo que vivimos, lo que pude observar y la profundidad que se abre cuando decidimos mirar aquello que solemos marginar.

Cada vez me queda más claro que la sanación profunda no se da cuando entendemos algo con la mente, sino cuando nos atrevemos a sentir aquello que hemos dejado fuera de la conciencia. Podemos pasar años comprendiendo una herida, poniendo palabras a un conflicto o intentando modificar una conducta. Todo eso puede formar parte del camino. Pero hay un nivel de sanación que no sucede solo en el plano psicológico, sino también en el cuerpo, en el alma y en el vínculo con la vida.

A veces sabemos qué nos haría bien, pero no lo hacemos. Sabemos que necesitamos descansar, meditar, hablar verdad, cuidarnos, poner un límite o dejar de repetir una determinada pauta. Sin embargo, algo nos empuja en otra dirección. Entonces nos instalamos en la queja, en la lucha, en el resentimiento, en la dureza, en la desconexión o en un lugar de víctima desde el que perdemos fuerza, claridad y responsabilidad. Y aunque esa reacción parezca protegernos, darnos la razón o sostenernos, en realidad nos aleja de nuestra esencia.

Cuando esto ocurre, no siempre somos nosotros quienes estamos respondiendo desde nuestra naturaleza más esencial. A menudo, quien toma el mando es una parte que hemos construido a lo largo de nuestra historia: una forma de defensa, de adaptación y de protección que podríamos llamar “personaje”.

El personaje, la personalidad, es una manera de estar en el mundo que el ego va construyendo para ayudarnos a adaptarnos y a sobrevivir emocionalmente en momentos en los que necesitamos encontrar un lugar, ser vistos, evitar el rechazo o defendernos de una herida. Por eso no se trata de juzgarlo ni de combatirlo, sino de comprender qué función cumplió, qué intentaba preservar y qué parte de nuestra energía quedó atrapada en esa forma de protección.

El problema no es que exista el personaje. El problema aparece cuando creemos que solo somos eso. Cuando nos identificamos demasiado con esa estructura, dejamos de actuar desde nuestra esencia y empezamos a vivir con una máscara defensiva: la buena, la fuerte, la complaciente, la seductora, la perfecta, la víctima, la que siempre puede, la que no necesita a nadie, la que nunca se equivoca o la que tiene que demostrar que tiene razón.

El personaje puede expresarse de muchas maneras, pero debajo de estas subyacen emociones no integradas: resentimiento, rabia contenida, miedo no reconocido, exigencia, victimismo, control o desconexión. Cuando nos sobreidentificamos con él, esas emociones dejan de ser puertas hacia una comprensión más profunda y se convierten en reacciones automáticas. Entonces se va generando una energía densa, una fuerza que no crea vida, sino que solo repite una antigua pauta de supervivencia. Poco a poco, esa densidad nos va restando vitalidad, estrecha nuestra percepción y debilita el vínculo con nuestra esencia, alejándonos del movimiento natural del alma.

Desde la perspectiva chamánica, cuando una energía densa se mantiene en el tiempo, no solo nos resta vitalidad, sino que también puede convertirse en alimento para una fuerza que no pertenece a nuestra esencia. A esa fuerza se la conoce como “entidad”: una presencia intrusiva que se adhiere a nuestro campo vital cuando encuentra en nosotros una frecuencia afín de la que nutrirse. Es una fuerza fuera de lugar que no se alimenta de nuestra verdad profunda, sino de la energía densa que producimos cuando vivimos identificados con el personaje. Aunque no forma parte del ser que somos, puede influir en nuestra manera de sentir, pensar o actuar, reforzando las pautas del personaje que generan la misma densidad de la que se alimenta. Entonces podemos sentirnos cansadas, apagadas o sin fuerza interior, como si una parte de nuestra energía vital estuviera ocupada sosteniendo una dinámica que no nos permite vivir plenamente.

Cuando esto sucede, la persona puede quedar atrapada en un círculo difícil de romper. Lo que al principio fue una reacción defensiva empieza a convertirse en una dinámica que se impone, que resta libertad y que debilita la presencia. Una parte de nosotros sabe que ese no es el camino, pero otra fuerza parece empujarnos a responder desde el mismo lugar.

Por eso, en algunos procesos, no basta con comprender psicológicamente lo que nos ocurre. Podemos ser conscientes de que repetimos una conducta, podemos reconocer una herida e incluso saber que algo no nos sienta bien. No siempre se trata únicamente de falta de voluntad o de comprensión. A veces hay una dinámica más profunda que necesita ser reconocida, ordenada y liberada para que la persona recupere su norte y vuelva a orientarse hacia el propósito de su alma.

De aquí la importancia de distinguir entre el personaje y la entidad. El personaje pertenece a nuestra historia, ya que nació como una estrategia de supervivencia para protegernos o sostenernos ante el dolor. La entidad o intrusión líquida, en cambio, tiene una dinámica propia y se adhiere a la densidad que se genera cuando actuamos desde las pautas automáticas del personaje.

Cada vez que repetimos la misma reacción —ya sea queja, huida, venganza, superioridad, lucha o desconexión—, esa energía se fortalece y, poco a poco, lo que comenzó como una defensa del personaje puede ocupar más espacio en nuestra vida interior y alejarnos de nuestra libertad.

Por ello, el primer gesto de liberación no es luchar contra esa fuerza, sino reconocerla, identificar qué emoción no estamos queriendo sentir, comprender qué estamos alimentando cada vez que repetimos la misma pauta y, sobre todo, recordar que podemos observar cómo actúa el personaje sin identificarnos con él.

Las prácticas chamánicas permiten entrar en relación con esta dimensión energética y simbólica de una manera directa. A través del viaje chamánico, el trabajo con el tambor, la apertura del espacio sagrado, la conexión con los aliados espirituales y la escucha profunda del cuerpo energético, podemos percibir aquello que no se muestra solo a través de la mente racional.

En este contexto, el chamanismo ofrece una herramienta muy valiosa: la extracción. A través de ella, se trabaja para localizar y liberar aquellas energías o presencias intrusivas que se han adherido al campo vital de la persona. Extraer no significa combatir la entidad, sino reconocer aquello que no pertenece y abordarlo con amor, conciencia y orden. En el caso de entidades o intrusiones líquidas, se trata de acompañarlas hacia el lugar que les corresponde, restableciendo el orden en el cuerpo energético y liberando el espacio ocupado.

Esto no significa que el trabajo personal desaparezca. Al contrario. Una vez liberada la carga que condicionaba al personaje, necesitamos seguir mirándolo con honestidad, comprender su origen y reconocer qué potencial quedó atrapado en esa forma defensiva, porque el personaje no solo guarda la memoria de la herida. Cuando lo miramos con compasión, también podemos descubrir la parte de nuestra esencia que quedó atrapada en su interior, ya sea ternura, fuerza, sensibilidad, intuición, alegría, creatividad, confianza o capacidad de amar: cualidades esenciales que, al liberarse de esa forma de supervivencia, pueden volver a desplegarse y ponerse al servicio del potencial del alma.

Para que la sanación ocurra, cada elemento necesita volver al lugar que le corresponde. La sanación chamánica, entendida así, es precisamente un camino de regreso a ese orden profundo: un regreso al cuerpo, al sentir, a la Tierra, al nosotros y al alma, para que cada dimensión de nuestro ser pueda ocupar, por fin, su verdadero lugar.

Si algo de este texto resuena en ti, quizá sea el momento de acercarte a esta práctica. Los días 5 y 6 de septiembre facilitaré en Amalurra un taller dedicado a la extracción chamánica, un espacio para aprender a trabajar con aquellas energías o presencias intrusivas que pueden estar afectando a nuestro campo vital.

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