Skip to content

Habitar el origen

20/08/2026

Después de Cuida tu Fuego, el retiro que hemos vivido del 10 al 13 de agosto en Amalurra alrededor del eclipse, me acompaña una sensación distinta a la que suelo experimentar al finalizar un proceso intenso. Muchas veces llegamos al final de estas experiencias esperando haber encontrado una respuesta, haber comprendido algo definitivo o sentir que hemos alcanzado un lugar diferente de aquel desde el que partimos, como si todo proceso interior tuviera necesariamente que conducirnos hacia algún sitio. Esta vez, sin embargo, lo vivido nos acercó a otro lugar: durante unos instantes dejamos de buscar y pudimos estar plenamente presentes en lo que estaba sucediendo.

Este retiro cerraba un recorrido que había comenzado semanas atrás. El Taller de Sombra nos llevó a mirar lo que más nos cuesta reconocer de nosotros mismos, mientras que la Vision Quest, o retiro en la naturaleza, nos invitó a entrar en el silencio y escuchar. Llegamos así a Cuida tu Fuego con todo ese proceso todavía vivo, como si el verano nos hubiera ido conduciendo, paso a paso, hacia una experiencia en la que ya no se trataba tanto de encontrar respuestas como de aprender a estar con lo que iba emergiendo.

Cuida tu Fuego nació de una invitación sencilla y, al mismo tiempo, profunda: cuidarnos, pero no como un repliegue sobre nosotros mismos, sino como la posibilidad de reconocer qué mantiene viva nuestra energía, qué la nutre, qué la debilita y qué necesita ser atendido para relacionarnos de una manera más consciente con nosotros mismos, con los demás y con la vida.

Durante cuatro días lo exploramos a través del cuerpo, del contacto con la tierra, de la meditación, el movimiento, la música, el ritual y la convivencia, descubriendo que cuidarnos no significa convertirnos en aquello que creemos que deberíamos ser, sino aprender a estar también con lo que nos incomoda, nos duele o todavía no comprendemos.

Esto implica establecer una relación consciente con lo que hemos rechazado, negado o relegado en la sombra. Lo que no podemos reconocer no desaparece, sino que continúa formando parte de nuestra vida psíquica y puede encontrar otras maneras de expresarse: en nuestras reacciones, en la forma en que nos relacionamos, en patrones que se repiten e incluso, en ocasiones, a través de determinados síntomas.

Quizá por eso tenemos tanta tendencia a querer pasar rápidamente de la oscuridad a la luz, del desamor al amor o de la confusión a la claridad, como si uno de los polos tuviera que desaparecer para que el otro pudiera existir. Sin embargo, estos días hemos experimentado que ampliar la conciencia no significa resolver la polaridad eliminando uno de sus extremos, sino ensanchar nuestro espacio interior para poder sostener la tensión entre ambos.

En esa capacidad de abrazar lo que somos en toda su complejidad encuentro también el sentido profundo de la compasión: una mirada que puede incluir tanto lo que reconocemos y aceptamos como lo que todavía nos cuesta integrar. Es la mirada de una madre, de la Madre Tierra y de la Madre Divina, que acoge la totalidad de lo que somos.

Y esa manera de mirarnos alcanza también nuestra forma de encontrarnos con los demás. Cuidar nuestro fuego no es, por tanto, un movimiento únicamente interior, porque aquello que vivimos dentro de nosotros está presente, de una u otra forma, en nuestros vínculos. Nuestras emociones, heridas, miedos y defensas, pero también nuestra capacidad de estar presentes, forman parte de cada relación que establecemos.

Esta dimensión estuvo muy presente durante el retiro. No todos necesitábamos lo mismo ni nos encontrábamos en el mismo momento. A veces alguien sostenía mientras otro necesitaba dejarse sostener y otras veces tocaba cuidar, escuchar, recibir o sencillamente estar. Poco a poco fuimos descubriendo que cada persona podía formar parte desde su singularidad, sin necesidad de sentir, pensar o actuar de la misma manera que los demás.

En algunos momentos llegamos incluso a sentirnos parte de un solo cuerpo, no porque nuestras diferencias hubieran desaparecido, sino porque podían existir sin llegar a separarnos. En realidad, vivimos algo que considero esencial en cualquier experiencia comunitaria: la posibilidad de pertenecer sin dejar de ser quienes somos. La pertenencia no exige que desaparezca la individualidad, sino una relación diferente entre el yo y el nosotros, en la que cada persona puede ocupar su lugar y contribuir, desde su singularidad, a algo que nadie podría realizar por separado.

Podríamos imaginar ese nosotros como una membrana viva, suficientemente consistente para sostener lo que compartimos y, al mismo tiempo, suficientemente permeable para que cada persona pueda seguir siendo ella misma. La fortaleza del tejido no nace entonces de que todos seamos iguales, sino de nuestra capacidad para permanecer conectados en la diferencia.

Ese tejido se extiende más allá de nuestra historia individual e incluye la naturaleza, la comunidad, la familia, la tribu y el pueblo. No dejamos de ser individuos, pero comenzamos a percibir que lo que somos no puede comprenderse completamente al margen de aquello de lo que formamos parte.

El eclipse hizo visible todo ello de una manera especialmente poderosa. Durante unos minutos la luz se ocultó y la oscuridad ocupó su lugar, pero no fue necesario hacer nada para que regresara; no había que buscarla, provocarla ni luchar contra la oscuridad, sino confiar en un movimiento que nos trascendía y dejarnos estar plenamente ante él.

Durante el eclipse, pude conectar una y otra vez con una misma palabra: origen. Origen como hogar, como amor, como oscuridad y como luz, como no tiempo. Y junto a ella fue tomando forma una comprensión que todavía resuena en mí: no hay realmente ningún lugar al que ir porque, en realidad, nunca nos hemos separado de nuestro origen, entendido no como un lugar al que regresar, sino como una realidad que aprender a habitar.

Habitar implica también aprender a permanecer cuando lo conocido deja de sostenernos y lo nuevo aún no ha tomado forma. Es ahí donde nos encontramos con el vacío, con ese espacio que tantas veces intentamos abandonar buscando una explicación o recuperando la seguridad de lo conocido, cuando quizá algunos procesos necesitan precisamente lo contrario: tiempo, escucha y disposición para estar en la incertidumbre sin precipitarnos a llenarla de respuestas. El vacío no es pasividad ni carencia. Al contrario, requiere nuestra presencia. Cuando somos capaces de habitarlo sin apresurarnos a llenarlo, puede convertirse en un espacio fértil en el que algo nuevo encuentre el tiempo y el silencio necesarios para emerger y, quizá, nos conecte con una dimensión más profunda de nuestro ser.

A menudo pensamos que un trabajo de conciencia debería ayudarnos a encontrar nuestro propósito, nuestro centro, nuestra verdad o nuestra esencia, como si todo ello estuviera esperando en un lugar al que todavía no hemos llegado. Pero ¿qué sucede si lo que buscamos no está realmente perdido?

Quizá entonces podamos comprender el origen de otra manera: ya no un punto de partida que quedó atrás ni un lugar al que debamos regresar, sino una dimensión profunda de nuestro ser que continúa presente y con la que podemos volver a entrar en relación. Habitar el origen sería, desde esta mirada, aprender a estar suficientemente presentes —también en el vacío y en la incertidumbre— para escuchar aquello que surge cuando dejamos de buscar fuera lo que, de algún modo, sigue vivo dentro de nosotros.

Con esta sensación llegamos al último día del retiro después de haber atravesado un recorrido intenso que, paradójicamente, nos había llevado a un lugar de gran sencillez. Nos sentíamos plenos, felices y profundamente conectados con nosotros mismos, con los demás y con la vida. Y no porque todo estuviera resuelto, sino porque durante esos días habíamos podido dejar de buscar y nos entregamos a lo que estaba sucediendo.

Desde ese estado cerramos el retiro con una ceremonia del agua. Después de haber puesto la atención en cuidar nuestro fuego, las aguas nos llevaron hacia otra dimensión del mismo cuidado: el mundo emocional y aquello que circula en nuestro interior y que inevitablemente llevamos a nuestras relaciones.

Cuidar nuestras aguas significa aprender a reconocer qué las enturbia, qué emociones necesitan ser escuchadas y qué contenidos depositamos, muchas veces de manera inconsciente, sobre los demás. Lo que permanece fuera de nuestra conciencia tiende a manifestarse en las relaciones a través de proyecciones, reacciones y patrones que repetimos sin conocer del todo su origen. Retirar progresivamente esas proyecciones supone empezar a distinguir qué pertenece realmente al otro y qué estamos colocando nosotros sobre él desde nuestra propia historia.

Alrededor del altar de la Virgen, de la Diosa, en Amalurra asumimos simbólicamente ese compromiso con nuestras aguas y allí tomó fuerza una expresión que recogía, de alguna manera, todo el recorrido vivido durante el verano: pasar de la discordia a la concordia.

La concordia no significa eliminar el conflicto, borrar las diferencias ni aspirar a que todos pensemos o sintamos de la misma manera. Tiene que ver con la posibilidad de seguir en relación sin necesitar que el otro deje de ser diferente para sentirnos seguros, aprendiendo a distinguir cuándo respondemos a lo que realmente está ocurriendo y cuándo se está activando algo que pertenece a nuestra propia historia.

Desde ahí, el trabajo de sombra adquiere también una dimensión relacional: cuanto más podemos reconocer como propio aquello que antes proyectábamos fuera, menos necesitamos que el otro cargue con ello y más contribuimos a fortalecer ese tejido común del que formamos parte.

La ceremonia fue dando paso a los cantos, al baile, a las miradas llenas de gratitud y a las lágrimas, como si el agua pudiera expresar aquello para lo que las palabras ya no eran suficientes. Y quizá sea precisamente ahí donde comienza el verdadero trabajo, cuando la intensidad de lo vivido queda atrás y regresamos a nuestra vida cotidiana.

Cuidar nuestro fuego y nuestras aguas cobra entonces una dimensión concreta: en una conversación incómoda, cuando algo vuelve a activarnos, cuando sentimos miedo, necesitamos poner un límite o nuestra primera reacción es defendernos. Es en esos momentos donde podemos abrir un espacio entre lo que sentimos y nuestra respuesta. A veces basta ese instante de conciencia para interrumpir un movimiento antiguo y relacionarnos de otra manera.

El retiro ha terminado, pero algo de lo vivido permanece en nosotros, en nuestros vínculos y también en este lugar. El fuego, las aguas, la sombra y el vacío forman parte de un mismo recorrido que, de diferentes maneras, nos devuelve a la pregunta que marcó el eclipse: ¿qué significa habitar el origen?

Quizá habitarlo tenga que ver precisamente con dejar de buscar fuera aquello de lo que nunca hemos estado realmente separados y volver nuestra atención a la vida que ya está aquí, abiertos a escuchar lo que necesita ser visto y a permitir que lo nuevo encuentre una forma a través de nosotros.

Tal vez, entonces, no haya ningún lugar al que ir porque, de algún modo, nunca nos hemos ido, sino solo una vida que aprender a habitar.

Acceder

Registrarse

Se enviará un enlace a tu dirección de correo electrónico para establecer una nueva contraseña.

Tus datos personales se utilizarán para mejorar tu experiencia en este sitio web, para gestionar el acceso a tu cuenta y para otros fines descritos en nuestra política de privacidad.