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Gernika: del silencio a la conciencia

26/04/2026

Cuando la memoria deja de ser solo recuerdo y se convierte en camino de sanación

Cada aniversario del bombardeo de Gernika me devuelve a un lugar interior que, para mí, nunca ha sido solo memoria. Hay acontecimientos que no quedan atrás como hechos cerrados, sino que continúan viviendo en la sensibilidad de un pueblo, en su manera de vincularse, en sus silencios, en sus heridas no resueltas y en sus intentos, a veces torpes y a veces profundamente humanos, de seguir adelante. Gernika es uno de esos lugares.

Lo es también de una forma íntima, porque yo nací allí, en el núcleo más importante de la comarca de la que provengo, en un lugar que no representa solo un hecho histórico de enorme trascendencia para el pueblo vasco, sino también una raíz personal desde la que he ido comprendiendo muchas cosas sobre la memoria, el trauma y los procesos de sanación colectiva. Con el tiempo, he visto que lo sucedido en Gernika no puede reducirse únicamente a la destrucción de una villa, por devastadora que esta fuera. Aquel 26 de abril de 1937 fue herido algo mucho más profundo.

Gernika ya era un símbolo antes del bombardeo: un lugar asociado a la dignidad, a la soberanía, a la memoria compartida y a una relación viva con la tierra. Por eso, lo que allí se quebró no fue solo lo visible: un espacio urbano arrasado y una población civil atacada con una violencia extrema. En Gernika, se fragmentó el alma colectiva de un pueblo. Y, cuando una herida alcanza ese nivel, no desaparece con el paso del tiempo. Permanece, aunque cambie de forma. Se desplaza, se oculta, se transmite.  

A la violencia del ataque se sumaron después el silencio, la represión y la imposibilidad de nombrar libremente lo vivido. Entonces, cuando una experiencia de esa magnitud no puede ser sostenida ni expresada, el dolor tampoco desaparece. Se queda dentro, encapsulado y, desde ahí, sigue actuando, a veces de forma visible y otras de maneras más sutiles, en los cuerpos, en las relaciones, en las lealtades invisibles y en la manera en que una comunidad se organiza para poder seguir viviendo.

En mi experiencia, esto es precisamente lo que caracteriza al trauma: no solo el daño sufrido, sino la imposibilidad de sostenerlo en el momento en que ocurre por ser insoportable. La consecuencia es que queda suspendido, apartado de la conciencia, a la espera de que existan condiciones más favorables para poder ser reconocido. Por eso, cuando me acerco a Gernika, no lo hago con una mirada a la historia, sino también con preguntas: ¿Qué sigue pidiendo ser visto aquí?, ¿Qué parte de esta herida continúa viviendo en nosotros?, ¿Qué es lo que aún no ha encontrado descanso?

Para mí, ahí empieza a aparecer el sentido profundo del arquetipo del Sanador. El Sanador no evita la herida ni la explica desde fuera, como si pudiera quedar a salvo de ella. Tampoco pretende resolver el dolor rápidamente para que deje de incomodar. El Sanador es, más bien, una cualidad de presencia: la capacidad de permanecer en relación con la herida sin huir, sin endurecerse y sin reaccionar automáticamente desde el dolor. El Sanador puede sostener la verdad de lo que hay, incluso cuando esa verdad duele, descoloca o cuestiona nuestras posiciones.

En los últimos años, siento que, también como sociedad, estamos empezando a acercarnos a ese lugar. Los actos de memoria en Gernika no son solo conmemoraciones. Son espacios en los que algo de lo que durante mucho tiempo no pudo ser sentido empieza, poco a poco, a encontrar un cauce. En ese mismo movimiento, han ido apareciendo gestos que, sin borrar lo ocurrido, tienen un valor profundamente humano. Por ejemplo, los actos de reconocimiento que han llegado desde Alemania para asumir una responsabilidad, pedir perdón y expresar de forma concreta la voluntad de hacerse cargo del daño causado. Nada de ello deshace la herida ni devuelve lo perdido, pero sí introduce algo esencial en todo proceso de sanación: el momento en que se deja de negar el daño y se empieza a reconocer. Cuando eso ocurre, algo se mueve, no en el pasado, que permanece, sino en la forma en que ese pasado sigue viviendo en el presente.

A lo largo de la historia, hemos habitado posiciones distintas, a veces enfrentadas, marcadas por el dolor, la pérdida y también por la necesidad de afirmación. En algunos momentos, unos han necesitado ser reconocidos en su herida; en otros, ese gesto de reconocimiento ha surgido en dirección contraria. Es cierto que no siempre hemos sabido mirarnos desde ahí. Ha habido tiempos en los que el peso de la victoria o de la derrota ha ocupado todo el espacio, dificultando el encuentro. Y, sin embargo, también existen —aunque a veces apenas visibles— gestos en los que el ser humano se inclina ante el dolor del otro, sin que eso implique renunciar a la propia historia, espacios en los que no se trata de comparar sufrimientos, ni de justificar lo injustificable, sino de reconocer que el dolor, cuando no es visto, se enquista y se transmite.

Hablar hoy desde una perspectiva de sanación no significa igualar relatos ni borrar responsabilidades. Significa abrir un espacio donde las heridas puedan ser reconocidas sin competir entre sí y donde sea posible, poco a poco, ir saliendo de las posiciones rígidas para encontrarnos en un lugar más humano.

Creo que la sanación empieza ahí, no como un proceso que borra lo ocurrido, sino como una forma distinta de relacionarnos con ello en la que el daño puede ser reconocido, el dolor sentido y aquello que estaba congelado puede empezar, poco a poco, a encontrar un lugar.

En ese proceso, dejamos de reaccionar de la misma manera. No dejamos de sentir, pero sí de responder automáticamente desde la herida. Y esto, que puede parecer sencillo, implica un cambio muy profundo: asumir una responsabilidad distinta, más madura y más consciente.

En este punto, el arquetipo del Sanador representa la capacidad de sostener lo que hay sin amplificarlo, sin negarlo y sin convertirlo en más daño. En ese sostener, aparece también la reciprocidad, que no es un intercambio ni una compensación, sino un reconocimiento mutuo que devuelve humanidad a lo que había quedado dividido. El hecho no desaparece, la herida no se borra y la historia no se modifica. Pero sí puede transformarse la relación que mantenemos con ella y lo que durante tanto tiempo permaneció fijado en la división empieza a encontrar otro orden. En ocasiones, incluso se puede percibir con claridad cómo algo que quedó pendiente en las generaciones anteriores puede, por fin, empezar a descansar. 

Por eso, siento que Gernika no es solo un lugar de memoria. Es también un lugar de conciencia que nos recuerda que hay heridas que traspasan generaciones y que su transformación no depende únicamente del tiempo, ni del deseo de pasar página, ni de una voluntad de olvido. Depende de la capacidad real de mirar de frente lo ocurrido, de reconocer el daño sin negarlo y de encontrar formas más maduras de relacionarnos con aquello que hemos heredado.

Tal vez el verdadero homenaje no consista únicamente en recordar lo que pasó, sino en preguntarnos qué hacemos hoy con esa memoria, cómo la sostenemos y desde qué lugar elegimos responder a ella. Para mí, se trata de elegir entre, por un lado, seguir repitiendo la escisión, el silencio o la reacción automática y, por otro, relacionarnos con esa herida de una manera más consciente, más humana y más responsable, como muchos colectivos ya vienen haciendo. Entonces, algo empieza a cambiar. Y la historia, en lugar de repetirse, puede comenzar a convertirse en conciencia.

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