A veces, la vida reúne acontecimientos que, contemplados de manera aislada, podrían parecer simples coincidencias. Sin embargo, cuando miramos el camino recorrido con una cierta perspectiva, descubrimos que muchos de ellos llevaban tiempo gestándose en silencio. Como las semillas que permanecen bajo la tierra durante el invierno antes de abrirse paso hacia la luz, hay procesos cuyo sentido solo se revela cuando llega el momento oportuno.
Así es como vivo la llegada del eclipse del próximo 12 de agosto.
Más allá de la belleza del fenómeno astronómico, hay algo profundamente simbólico en ese instante en el que la Luna se sitúa entre el Sol y nuestra mirada. El Sol permanece donde siempre ha estado, irradiando su luz y sosteniendo la vida con la misma intensidad. Sin embargo, durante unos minutos, nuestra percepción cambia y nos permite experimentar la realidad de otro modo. Quizá por eso los eclipses han despertado tanto respeto desde la antigüedad: porque muchas culturas supieron reconocer en ellos una invitación a detener el ritmo cotidiano y a abrir un espacio de contemplación desde el que mirar la vida con otros ojos.
A menudo pensamos que la transformación consiste en encontrar una nueva luz, pero la experiencia me ha ido mostrando que lo que verdaderamente somos nunca desaparece. A lo largo de los años, he acompañado a muchas personas que sentían haber perdido la paz, la confianza, la alegría o el sentido profundo de su vida. Y, una y otra vez, he comprobado que lo que anhelaban recuperar seguía estando presente, aunque hubiera quedado cubierto por capas de miedo, dolor, exigencia o desconexión, condicionando su manera de percibirse a sí mismas y de relacionarse con el mundo.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más hermosas que nos ofrece un eclipse: comprender que existe una diferencia entre la luz y aquello que, por un tiempo, nos impide reconocerla.
Nos encontramos, además, en un momento del ciclo anual en el que el arquetipo del Visionario despliega su medicina con especial fuerza. La naturaleza alcanza su máxima expansión y parece invitarnos a levantar la mirada para reconocer no solo lo que vemos, sino también la dirección hacia la que estamos caminando. Con frecuencia, entendemos al Visionario como alguien capaz de anticipar el futuro o de imaginar posibilidades extraordinarias. Sin embargo, cuanto más profundizo en este arquetipo, más comprendo que su verdadera medicina consiste en desarrollar una mirada limpia, capaz de reconocer la realidad con honestidad, sin quedar atrapada en las interpretaciones del personaje que nos hemos creado.
La visión no nace de mirar más lejos, sino de mirar con más honestidad. Solo cuando somos capaces de reconocer nuestras proyecciones, nuestros miedos y las historias que nos contamos, comienza a abrirse un espacio desde el que el propósito puede revelarse con mayor claridad. Quizá esa sea la verdadera visión: no inventar una vida nueva, sino descubrir la que ya está esperando ser vivida.
A medida que he ido profundizando en esta experiencia, también he comprendido que la luz y el fuego no nombran exactamente la misma realidad. La luz permanece. Como el Sol durante un eclipse, puede quedar oculta a nuestra mirada, pero no deja de existir. El fuego, en cambio, es aquello que estamos llamados a custodiar. Es la energía que dedicamos a lo que amamos, la presencia con la que habitamos cada día y la atención que prestamos a nuestros pensamientos, a nuestras palabras, a nuestras decisiones y a todo lo que elegimos alimentar.
Por eso este encuentro lleva por nombre Cuida tu fuego y no porque tengamos que crear una luz que no existe, sino porque el fuego necesita ser alimentado para que lo que reconocemos como verdadero pueda encarnarse en nuestra manera de vivir. La visión puede aparecer en un instante; sostenerla en el tiempo requiere presencia, compromiso y cuidado.
Los pueblos antiguos comprendían muy bien que el símbolo del fuego era el corazón de la casa y también el corazón de la comunidad. Alrededor de él se compartían el alimento, la palabra, la música, el silencio y la memoria. Alrededor del fuego se transmitía lo que daba sentido a la vida. Pero el fuego también necesitaba una vasija que lo protegiera y unas manos dispuestas a cuidarlo con paciencia y responsabilidad.
Esta imagen expresa con precisión el camino que hemos recorrido en Amalurra. Cuando este proyecto comenzó, hace ya más de tres décadas, no había un plan perfectamente definido. Había, sobre todo, una intuición: crear un lugar donde las personas pudieran volver a encontrarse consigo mismas, con los demás y con la Tierra. Mientras regenerábamos un terreno muy degradado, recuperábamos antiguos edificios, plantábamos miles de árboles autóctonos y aprendíamos a escuchar los ritmos de la naturaleza, iba sucediendo algo que entonces apenas alcanzábamos a comprender.
No solo estábamos transformando un paisaje.
La vida estaba preparando una vasija.
Una vasija nunca es solo un espacio físico. También es un cuerpo que aprende a escuchar, un corazón que deja de resistirse, una conciencia que desarrolla la capacidad de sostener algo que antes le resultaba imposible y una comunidad que, encuentro tras encuentro, va aprendiendo a cuidar un propósito compartido. Del mismo modo que las personas necesitan tiempo para madurar, integrar sus heridas y descubrir su lugar en el mundo, también los territorios realizan su propio proceso de transformación hasta convertirse en espacios capaces de acoger una determinada frecuencia.
Por eso siento que este eclipse llega en un momento especialmente significativo y no porque el cielo vaya a hacer algo extraordinario por nosotros, sino porque va a encontrar un territorio que lleva muchos años preparándose para sostener este tiempo y a muchas personas que, quizá sin saberlo, también han ido preparando su propia vasija para recibir lo que la vida quiere revelar.
Ese mismo sentimiento acompaña la alianza que este verano celebraremos entre la Fundación Amalurra Izan y la Fundación Arsayian. Para mí, no es el comienzo de una historia. Es el reconocimiento entre dos recorridos que, desde lugares diferentes, han dedicado muchos años a servir un mismo propósito.
Hay encuentros que no pueden forzarse porque necesitan un tiempo de maduración y solo cuando cada camino ha realizado su propio trabajo es posible descubrir que ambos forman parte de un movimiento más amplio y que la colaboración nace de manera natural, sin esfuerzo y sin que ninguno tenga que dejar de ser quien es.
Hace un año, durante el encuentro del Puente Arco-Iris celebrado en Amalurra, recibimos unas palabras que desde entonces no han dejado de acompañarnos: «No sois fundaciones. Sois un akelarre.» Más allá de las interpretaciones que ese término ha recibido con el paso del tiempo, me gusta regresar a su sentido más antiguo: personas que se reúnen para honrar los ciclos de la naturaleza, cuidar el fuego común y recordar juntas lo que sostiene la vida. Esto es, tal y como yo lo entiendo, una verdadera alianza: un espacio donde diferentes caminos se reconocen al servicio de un propósito compartido.
Del 10 al 13 de agosto volveremos a reunirnos en Amalurra para celebrar Cuida tu fuego coincidiendo con el eclipse. Compartiremos trabajo de sombra, contacto con la naturaleza, silencio, cantos, música, fuego y rituales que, desde tiempos antiguos, han ayudado a las personas a recordar su pertenencia a la Tierra y a la Vida. No espero que el eclipse haga el trabajo por nosotros, porque ningún acontecimiento externo puede sustituir el camino interior que cada uno está llamado a recorrer. Confío, sin embargo, en la fuerza que nace cuando un grupo de personas se reúne con una intención compartida y cuando un territorio, después de muchos años de preparación, ofrece una vasija capaz de sostener ese encuentro.
Si al leer estas palabras sientes que algo resuena en tu interior, seguro que este es también tu momento para detenerte, mirar con otros ojos y preguntarte qué fuego deseas cuidar en esta nueva etapa de tu vida.
Será un placer compartir contigo esos días y seguir descubriendo juntos que, cuando la vasija está preparada, la transformación deja de ser una posibilidad para convertirse en una experiencia viva.
Más información e inscripciones: https://canva.link/njsmvnr6g6wvpgp
