Este 8 de marzo, mientras por un lado nos agitamos en la reivindicación de derechos y cifras, también os invito a un movimiento inverso: un viaje hacia el centro, hacia la raíz profunda que nos sostiene pues no solo celebramos lo que hemos logrado «hacer» en el mundo, sino lo que hemos recordado «ser»: nuestra naturaleza esencial, anterior a la herida y a la fragmentación.
Hace ya 33 años, un 8 de marzo, algo que llevaba tiempo gestándose en mí encontró eco en otras quince mujeres y comenzamos a reunirnos sin sospechar la dimensión de lo que estaba naciendo. Así comenzó mi andadura, movida por un profundo anhelo de libertad: la libertad de ser que, sabía, no bastaba con reclamarla fuera. Así, mientras el mundo reivindicaba igualdad, algo en mí pedía otro gesto: detenernos, escucharnos en profundidad y permitirnos sentir sin escondernos en nuestros propios posicionamientos.
Ahora entiendo que no fue casualidad que mi camino comenzara, precisamente, un 8 de marzo. Aunque no buscaba sustituir la reivindicación externa, sentía que debía ir acompañada de una transformación interior, porque entendía que ninguna igualdad sería verdaderamente sólida si por dentro seguíamos viviendo desde la defensa, la desconexión y la fragmentación.
Así comencé a dar pasos hacia el despertar de lo femenino profundo, un proceso cuyo significado se fue revelando con el tiempo. A medida que avanzábamos, entendí que no tenía que ver con una identidad de género ni con una teoría, sino con una vivencia que se desplegaba paso a paso. Descubrimos que se trataba de integrar lo que estaba separado, de reconocer nuestra herida sin convertirnos en ella y de abrir el corazón para sostener nuestra luz y nuestra sombra sin excluir ninguna parte de lo que somos.
Con el tiempo fui comprendiendo que abrir el corazón no es un gesto ingenuo ni sentimental. Al contrario, es una práctica de aceptación profunda: aprender a mirarnos con una mirada integradora, capaz de sostener lo que somos sin dividirlo en partes aceptables e inaceptables. Implica conciencia, respeto y responsabilidad hacia nuestra propia historia. En definitiva, es una forma de compasión madura que no justifica ni se evade, sino que reconoce, integra y transforma.
Esa búsqueda no fue solo individual. Lo que intentábamos integrar tenía que ver con una manera más amplia de comprender la vida y nuestra relación con ella. En la tradición vasca, la organización matrilineal de la sociedad no significaba dominio femenino, sino continuidad y responsabilidad. La prioridad no era el individuo aislado, sino la unidad de la vida que debía preservarse de generación en generación. Era una manera concreta de vivir la pertenencia. De algún modo, eso mismo buscábamos nosotras: dejar de dividirnos por dentro y recuperar la unidad que sostiene la vida.
Aquella memoria no aludía solo a una forma social de organizarse, sino a una conciencia espiritual. Y, cuando una vive desde esa conciencia, también cambia su manera de ocupar su lugar, lo cual implica una forma de liderazgo que nace del autoconocimiento, de reconocer la propia naturaleza y de actuar desde la coherencia interior. Es decir, no se trata de imponerse, sino de custodiar la vida que nos sostiene.
En el corazón de esa cosmovisión habita Mari, Diosa de la mitología vasca y símbolo de la naturaleza viva en su totalidad. Mari encarna una fuerza que integra lo que parece opuesto: creación y destrucción, femenino y masculino o luz y oscuridad, al tiempo que nos recuerda que la vida no excluye, sino que integra sus polaridades.
Esa imagen fue iluminando nuestro propio proceso y nos propusimos descender a la cueva. En sintonía con el símbolo de Mari, ello significa atrevernos a mirar lo que hemos evitado, integrar la sombra y reconocer nuestra fuerza, porque lo femenino profundo es un poder integrador que representa la capacidad de sostener la vida sin fragmentarla.
Quizá, por eso, el 8 de marzo también puede ser un día para revisar cómo vivimos el poder, un día, no solo reclamarlo, sino para preguntarnos desde dónde lo ejercemos: si desde la herida y la confrontación o desde la conciencia y la integración.
A lo largo de más de 30 años de camino, he visto cómo cuando evitamos descender a nuestro interior, reaparece la división, la cual acaba reflejándose en nuestras relaciones, en la forma en que organizamos el trabajo o en nuestra relación con la Tierra, como espejo de nuestra separación interior. Cuando nos separamos de la emoción, intentamos controlarla; cuando nos desconectamos del cuerpo, lo utilizamos sin escuchar sus límites; cuando rechazamos nuestra sombra, la proyectamos fuera. Esa misma lógica se extiende a la Tierra y, al dejar de sentirnos parte de ella, empezamos a tratarla como un recurso.
En todos los niveles, ocurre la misma dinámica: dejamos de pertenecer y comenzamos a dominar. Por eso, la crisis ecológica no es solo técnica o económica. Tiene que ver con la manera en que nos hemos separado de nuestra propia naturaleza. Quizá lo que hoy llamamos ecofeminismo tiene que ver, precisamente, con comprender que la forma en que tratamos la Tierra y la forma en que tratamos lo femenino comparten una misma raíz de desconexión.
Y aquí el sentido del 8 de marzo vuelve a interpelarnos.
No basta con transformar las estructuras externas si seguimos actuando desde esa lógica interior. No basta con reclamar igualdad si el poder que ejercemos nace de la herida y no de la conciencia.
Ocupar nuestro lugar no es repetir el modelo que nos fragmentó, sino reconciliarnos con nuestra propia naturaleza para que la igualdad que construimos hacia fuera se sostenga en una verdadera coherencia interior.
Quizá la verdadera revolución consista en transformar el mundo comenzando por cómo habitamos nuestro propio corazón.
