Durante los días 9, 10 y 11 de enero, cerca de cien personas nos dimos cita en Amalurra para participar en el Retiro de Invierno · Arquetipo del Guerrero, el primero de mi programa anual 2026. El arquetipo del guerrero, o del líder, en el lenguaje contemporáneo, fue el paraguas bajo el que se desplegó el retiro como un proceso vivo, profundo y progresivo. Esta figura no tiene que ver con una fuerza de ataque, rebeldía o confrontación, sino con una energía de presencia, verdad y responsabilidad, una disposición interna que permite sostener lo que está ocurriendo dentro y fuera de uno sin huir, justificar ni delegar en otros dónde nos posicionamos.
Desde el inicio, en sintonía con este arquetipo, la intención que nos aunó fue sostener un proceso de presencia y claridad con el fin de parar y mirar de frente cómo cada uno se relaciona consigo mismo, con los demás y con el entorno, ya que, cuando esta presencia no está activa, la energía se desplaza hacia maneras de estar más inconscientes marcadas por la invisibilidad, la rebeldía impulsiva, la rigidez o la ira.
Desde el primer momento, se hizo visible que el trabajo que se abría no tenía que ver con comprender más ni con mejorar aspectos de la personalidad, sino con atreverse a mirar aquello que ya estaba presente en cada quien, pero que no había sido plenamente asumido. A medida que el retiro fue avanzando, el resentimiento se fue revelando como un hilo común que atravesaba los distintos trabajos y experiencias. El resentimiento no es una emoción puntual. Se trata de una energía contenida que surge cuando el dolor, la rabia o la frustración no han podido ser reconocidos ni expresados. A través de diferentes participantes, el resentimiento se expresó en un endurecimiento interno, una retirada del corazón, rigidez corporal o pérdida progresiva de vitalidad. En muchos casos, no se mostraba de forma evidente, sino camuflado bajo razones, discursos morales, explicaciones mentales o, incluso, bajo una actitud correcta y controlada.
Uno de los aprendizajes centrales fue comprender que el resentimiento no expresado acaba volviéndose contra uno mismo. Cuando no se contacta con la vulnerabilidad que subyace bajo este, se convierte en una expresión de violencia pasiva que desgasta el cuerpo y las relaciones y acaba apagando nuestro fuego interno. El límite, que en un primer momento puede ser necesario para protegerse, se transforma entonces en una frontera rígida que ya no cuida la vida, sino que la ahoga. Activar el guerrero, o líder, implica no quedarse atrapado en el límite, sino utilizarlo para tomar responsabilidad.
Según íbamos avanzando, el trabajo descendió a una capa más profunda del proceso: el encuentro con fuerzas arquetípicas que van más allá del individuo. Allí, aparecieron figuras como el mártir, el salvador, la víctima o el resentido, es decir, estructuras de poder psíquico que se activan cuando no estamos presentes. Estas fuerzas no se transforman luchando contra ellas ni negándolas, sino estableciendo una relación consciente, ya que, si las ignoramos, nos controlan de forma indirecta. Por el contrario, cuando podemos reconocer su función original y dejamos de identificarnos con ellas, nos devuelven la esencia que guardan.
En realidad, la sombra no es el problema. El problema es no hacerse cargo de ella. Cuando estas dinámicas operan de forma inconsciente, generan destrucción, la cual se puede expresar como desconexión, sabotaje, retirada del compromiso o pérdida de sentido. En cambio, cuando las miramos sin juicio y sin identificarnos con ellas, hay una posibilidad de transformación. Entonces, cuando somos capaces de reconocer lo que hemos “destruido” y de sostener la mirada ante el daño causado sin huir ni endurecernos, se activa la bondad inherente a todo ser humano. Y, desde ahí, surge de manera natural y genuina, un movimiento de reparación y de toma de responsabilidad, que no viene de la culpa, y que nos devuelve la dignidad de ser. Por tanto, la verdadera transformación solo ocurre cuando se toma la decisión interna, aunque frágil, de dejar de servir al resentimiento y empezar a servir a la vida, una decisión que requiere disciplina, límites y presencia.
A lo largo de todo el proceso, quedó claro que el trabajo del guerrero no consiste en eliminar el conflicto ni en alcanzar un estado ideal, sino en ser capaces de hablar verdad. Expresar la verdad a tiempo, poner límites con claridad, asumir el propio lugar y cuidar el propio fuego son actos profundamente reparadores, tanto a nivel individual como colectivo. El poder que recuperamos y que ejercemos desde la presencia no está al servicio del ego o del trauma, sino al servicio de la vida.
A este respecto, se manifestó un aspecto clave: la verdad no necesita argumentos. Por eso, cada vez que necesitamos justificarnos, nos estamos identificando con el personaje, no con el corazón. Alcanzar el liderazgo que la figura del guerrero encarna pasa por aprender a discernir cuándo decir “sí” y cuándo decir “no”, no desde la reacción que surge cuando alguien toca nuestra herida, sino desde una escucha profunda del cuerpo y del eje interno. Ahí, el poder deja de ser destructivo y se convierte en protección, cuidado y servicio.
Al finalizar, pudimos ver que este trabajo no es solo personal, sino cultural y transgeneracional. Mirar la sombra —el resentimiento, la violencia, la victimización, el abuso de rango— no solo libera energía para el individuo, sino para el campo relacional y colectivo. El arquetipo del guerrero emerge entonces como una figura que no lucha contra la vida ni contra los otros, sino que sostiene su lugar con dignidad, cuida su fuego y pone su poder al servicio de algo mayor.
Para realizar este trabajo hace falta entrar en contacto con la vulnerabilidad, es decir, la capacidad de no defenderse automáticamente de lo que se siente, de permanecer abiertos a la experiencia sin atacar, ya que la vulnerabilidad nos apoya a permanecer sin huir y permite que la verdad se revele con mayor profundidad.
Este retiro no ha ofrecido soluciones rápidas ni promesas grandilocuentes, sino la conciencia de que necesitamos tomar decisiones, clarificar nuestro posicionamiento y recuperar una autoridad que no depende de otros. No se trata de convertirse en alguien diferente, sino de volver a habitar la vida con mayor coherencia, asumiendo la responsabilidad que ello conlleva.
En el cierre, no se percibía euforia, sino asentamiento, así como una sensación compartida de haber tocado algo verdadero y de haber conseguido recursos internos para sostener el aprendizaje en el tiempo, más allá del espacio del retiro. El trabajo que hemos iniciado continúa en la vida cotidiana, en cada gesto en el que elegimos no huir, no endurecernos y no ceder el propio lugar, a pesar de la incomodidad que ello conlleva o de la necesidad de contactar con la propia vulnerabilidad.
En estos momentos, activar el guerrero dentro nos puede ayudar a reconocer cómo opera el resentimiento, cómo se manifiestan las propias sombras y desde dónde elegimos responder. Este arquetipo nos recuerda que la vida no pide perfección, sino honestidad; no pide certezas, sino presencia y que cada gesto de responsabilidad consciente devuelve coherencia, vitalidad y sentido a nuestro camino.
