En los posts anteriores hemos ido explorando algunos de los aspectos que emergieron en el retiro de invierno, bajo el arquetipo del Guerrero o del líder. Uno de los elementos que apareció de forma recurrente, con una intensidad propia, fue el resentimiento.
Esta energía tan común no se trata simplemente de un enojo.
En los procesos que acompaño, he observado cómo el resentimiento suele nacer cuando no fue posible sentir o expresar un dolor profundo, una herida que no encontró reconocimiento ni reparación y que, con el paso del tiempo, fue asentándose en el interior hasta convertirse en una manera de mirar al otro y, a veces, al mundo. Por tanto, surge cuando nos sentimos heridos, tratados injustamente o desvalorizados y no pudimos decir, sentir o sostener lo ocurrido en su momento, a veces, porque las experiencias llegaron demasiado pronto. En otras ocasiones, porque no hubo el sostén suficiente. Cuando ha habido una entrega real, una apertura sincera o una implicación profunda, el dolor que emerge al sentirnos heridos o traicionados suele ser mucho más intenso. En estos casos, el resentimiento aparece como una forma inconsciente de no soltarnos del todo, de seguir conectados a aquello que se fue perdiendo.
A diferencia de emociones más puntuales, el resentimiento no suele pasar con facilidad. Permanece activo, alimentado por un movimiento interno que vuelve una y otra vez al pasado, como si algo en nosotros siguiera esperando que aquello pudiera, finalmente, resolverse. Así, la herida no termina de cerrarse y continúa operando en el presente.
Esta herida rara vez se muestra de forma directa. Más bien, tiende a expresarse a través de la frialdad, la rigidez, la distancia emocional, el control o una sutil sensación de superioridad moral. Desde fuera, puede parecer un rasgo de carácter. Desde dentro, suele vivirse como un endurecimiento progresivo que va apagando la vitalidad y condicionando nuestra manera de vincularnos a los demás, algo que va afectando nuestra arquitectura vital en distintas dimensiones.
En la relación con uno mismo, se produce una pérdida de energía y una desconexión del cuerpo que dificulta decidir o entregarse plenamente a la vida. Una parte esencial de nosotros puede quedar congelada para seguir adelante. Pero, al cerrar el acceso a la vulnerabilidad, también se dificulta el acceso a la alegría, la gratitud o el entusiasmo.
En la relación con el otro, el resentimiento va contaminando los vínculos actuales con conflictos del pasado y puede manifestarse a través de una fuerza ilusoria que parece darnos poder al colocar al otro en el lugar de culpable. Sin embargo, esto nos va desconectando de la vida, además de ser una forma de ejercer una violencia silenciosa desde la retirada, el juicio o el endurecimiento interior.
En la relación con el entorno, la herida sin voz se enquista y la mente entra en un bucle en el que el agravio se revive una y otra vez. Habitamos el presente desde una expectativa silenciosa de reparación que nos mantiene ligados a la exigencia en lugar de a la libertad.
Desde esta comprensión, el movimiento de salida no pasa por exigir perdón ni por justificar lo ocurrido, sino por asumir la responsabilidad de haber ido retirando el corazón. Se trata de hacernos cargo de la frialdad, del juicio o de la distancia con los que nos protegimos y de empezar a ofrecernos a nosotros mismos aquello que tanto exigimos fuera: reconocimiento, cuidado y comprensión.
Ir sanando el resentimiento es ir recuperando la capacidad de vivir sin que una vieja herida siga decidiendo quiénes somos hoy.
Este camino de integración suele ser frágil al principio y puede comenzar con un gesto pequeño y radical: permitirnos sentir una parte del dolor original sin disociarnos, solo lo que el cuerpo puede sostener. No se trata de eliminar lo ocurrido, sino de escuchar qué dolor guarda y qué vínculo significativo quedó retenido allí, permitiendo que las defensas se transformen en límites al servicio del cuidado y no del aislamiento.
