Como hemos visto en el post anterior, durante el Retiro de Invierno, dedicado al arquetipo del Guerrero, exploramos su energía de presencia, verdad y responsabilidad, ya que un guerrero, o líder, no huye de lo que ocurre dentro y fuera de sí. Por el contrario, es capaz de mirar la sombra sin endurecerse y de sostener su lugar con dignidad.
En las sesiones que estoy facilitando con el objetivo de ir integrando lo vivido, se está manifestando con claridad una experiencia compartida: que tomar conciencia no siempre es suficiente. A lo largo del retiro, se hizo evidente que no basta con ver. Tomar conciencia abre nuevos espacios de comprensión, pero no ancla pasos transformativos. Por ello, en los procesos de trabajo personal y colectivo hay un momento especialmente delicado: hemos visto algo importante, hemos comprendido algo esencial para uno mismo, incluso, hemos podido nombrar una verdad interna, pero no sabemos qué hacer con ello.
En este punto, suele aparecer una frase que incomoda al ego: “no sé cómo hacerlo, no sé qué viene ahora, no sé sostener esto todavía”. En consecuencia, vivimos el “no sé” como un vacío peligroso, cuando en realidad es un espacio fértil de apertura que nos señala el momento en que dejamos de imponer una respuesta aprendida y permitimos que algo nuevo emerja. Decidir desde el “no sé” requiere valentía para permanecer presentes sin adelantarnos, sin huir y sin fabricar una solución inmediata para tranquilizarnos.
La cultura en la que vivimos valora la comprensión, el discurso y la claridad mental, pero rara vez nos acompaña en el paso crucial de tomar una decisión que viene de la conciencia. La transformación real comienza cuando algo en nosotros se reorganiza y somos capaces de decir, a veces, sin palabras: “este es el compromiso o la decisión que voy a sostener”. Ese gesto interno, aparentemente sencillo, suele ser el más difícil.
Decidir no implica cambiar toda la vida, empezar de cero o hacer grandes movimientos. La mayoría de las decisiones transformadoras son sencillas, por ejemplo, permanecer ante una sensación incómoda, hablar verdad, cuidar el cuerpo de una manera concreta, sostener un límite o no reaccionar desde la herida.
Estas micro-decisiones no se ven desde fuera, pero tienen un efecto profundo porque anclan la conciencia en el cuerpo y permiten que lo que hemos visto no se quede en una comprensión pasajera, sino que empiece a reorganizar nuestra manera de estar en el mundo.
Aunque pudiera parecer que, después de tomar una decisión profunda y verdadera, deberíamos sentir una calma inmediata, suele ocurrir lo contrario: el cuerpo tiembla y nos sentimos vulnerables, como si no tuviéramos un suelo debajo que nos sostenga. Tenemos miedo. Pero, ese temblor es una señal de que algo antiguo, una estructura de supervivencia o una forma habitual de protegernos, comienza a aflojar. Y, el cuerpo lo sabe antes que la mente.
A veces, ese momento se puede interpretar como un fracaso: “si me siento así, es que no estoy preparada”, “si tiemblo será que no es el camino”. Entonces, es posible que retrocedamos y volvamos a la inercia conocida, a lo que sabemos hacer, a lo que nos resulta seguro, aunque ya no nos sirva. Sin embargo, desde una perspectiva más profunda, el temblor es la huella corporal de una decisión certera, íntima y honesta.
Otra señal de haber tomado la decisión correcta para nuestro crecimiento personal es que entramos en contacto con la vulnerabilidad. Nos sentimos expuestos, con la sensación de no controlar el resultado ni de saber exactamente quiénes seremos después. Pero, a pesar de que la sociedad en la que vivimos suele asociar vulnerabilidad con debilidad, lo cierto es que la vulnerabilidad es una señal de que hemos salido del personaje y estamos tocando algo más esencial.
Con todo, después de una experiencia intensa, no siempre toca actuar. Lo primero es integrar la experiencia para que lo vivido se asiente en los ritmos del cuerpo y de la vida cotidiana. La decisión, en este contexto, significa comprometerse con un hilo en concreto, ese que nos pertenece y nos da vértigo, y practicarlo.
Por último, es importante saber que no todas las decisiones traen claridad inmediata. Algunas abren preguntas nuevas. Otras nos dejan en un territorio incierto durante un tiempo, pero eso no significa que estén equivocadas.
Cuando una decisión nace de la conciencia, algo se ordena dentro y podemos sentir un tipo de dignidad silenciosa: la de estar de pie ante la propia verdad. Y, a veces, eso es suficiente para que otro camino empiece a mostrarse.
