Acabo de regresar de Egipto tras pasar quince días con Matías de Stefano, en el marco de un ciclo de cuatro años dedicado a recorrer de manera consciente el proceso alquímico a modo de una experiencia sostenida que, al vivirla desde dentro, va ordenando y revelando nuevas percepciones. En este contexto, Egipto se presenta como un territorio donde la memoria de la transformación está todavía viva y donde la alquimia puede comprenderse como una estructura del proceso humano: una forma de mirar lo que ocurre cuando una identidad se descompone, se purifica, se reorganiza y, finalmente, se integra.
Durante esos días, fuimos adentrándonos en el proceso alquímico como recorrido interior. Ello me ha permitido comprender sus fases con más claridad: las mismas que, sin haberlo planificado, hemos ido atravesando de manera orgánica en Amalurra, una y otra vez, en diferentes etapas, como parte de un proceso abierto. Ponerles nombre y orden las vuelve visibles y ayuda a estructurar el recorrido vivido.
Cuando comencé a desplegar el código de Amalurra, lo hice movida por una intuición muy clara: la necesidad de despertar a lo femenino profundo. Aunque en aquel momento aún no podía definirlo con precisión, lo percibía como una cualidad interna vinculada al corazón, a una manera distinta de sostener la vida: una forma de presencia capaz de incluir e integrar también aquello que tendemos a rechazar, porque no nos gusta, lo juzgamos o lo consideramos negativo. Fue este un impulso que no recorrí sola. Lo fuimos desplegando en grupo, de forma colectiva, pero la comprensión inicial nació como una llamada interior, como si el propio proceso pidiera encarnarse y encontrar un cuerpo donde madurar.
Y no tardamos en atravesar la primera fase.
Apenas habían pasado tres meses desde que comenzamos a reunirnos, cuando todavía ni siquiera se había consolidado el grupo inicial del que más tarde surgiría la comunidad intencional Amalurra, que fuimos objeto de una fuerte difamación pública, tanto hacia el proceso que estábamos abriendo como hacia mi persona. Aquello marcó un punto de inflexión.
Esa fue nuestra nigredo: la descomposición de una identidad. La difamación no solo afectó externamente; removió la identidad interna, la seguridad, la claridad y la confianza en quiénes éramos y en lo que estábamos haciendo. Nos obligó a sostener un vacío que, por difícil que parezca, tiene una función esencial. Cuando una identidad se desestructura, lo que queda al descubierto es aquello que estaba debajo de la imagen, de la idea que creíamos ser, de los mecanismos con los que nos protegíamos para seguir sintiendo que todo tenía sentido.
La nigredo es una fase inherente a todo proceso de transformación. Aparece cuando las defensas caen y ya no podemos sostener el mismo relato sobre lo que somos. En ese descenso, van aflorando miedos, inseguridades y mecanismos inconscientes que antes pasaban desapercibidos. La sombra aparece como experiencia en forma de reacciones, impulsos, rigidez, necesidad de control o estrategias de supervivencia que, al hacerse visibles, muestran cómo el dolor no integrado busca salida por vías indirectas. Amalurra nació con una intención de transformación, pero la difamación convirtió ese impulso en experiencia y la vasija alquímica se activó.
La alquimia no consiste en fabricar algo nuevo, sino en permitir que lo esencial se revele. En ese sentido, Amalurra no se convirtió en algo diferente, sino que fue desplegando lo que, desde el inicio, estaba contenido en su origen. En la naturaleza se ve con claridad. No se trata de añadir nada, sino de activar lo que está latente para que pueda crecer, siempre que existan condiciones y continuidad suficientes. Una semilla no inventa su forma, necesita tiempo, tierra y cuidado para manifestar lo que ya está en potencia.
En nuestro descenso, aparecieron también memorias más antiguas: reacciones que no pertenecían solo al presente, sino a historias heredadas, a modos de defensa aprendidos mucho antes de que el proyecto existiera. Entonces, pude entender que transformar no significa únicamente cambiar una situación externa, sino atravesar capas profundas de memoria, personales y colectivas, porque la identidad no es solo individual; también está tejida con hilos transgeneracionales. Cuando el sistema se siente amenazado, esos hilos se activan para proteger, aunque esa protección pueda volverse rígida o incluso destructiva. Así, lo que en apariencia era un conflicto del momento empezó a revelar dinámicas más profundas que pedían reconocimiento, responsabilidad y una forma de amor que no confundiera ternura con permisividad.
Después vino la albedo, marcada por un proceso de clarificación sostenida. La albedo nos pidió dejar de mirar hacia fuera para empezar a reconocer lo que necesitaba ser visto dentro. Nos llevó a comprender que la parte más reactiva, incluso la más dura o destructiva, respondía a un patrón de supervivencia, a una estructura interna que había aprendido a proteger un corazón herido y que, por ello, evitaba sentir. Esa comprensión cambió el proceso. Ya no se trataba de eliminar o negar nada, sino de integrar. Y cuando las defensas dejan de luchar y son reconocidas, algo en el sistema interno se reorganiza, el cuerpo se relaja, la mente deja de operar desde la amenaza y aparece una cualidad distinta de coherencia, como si la energía que antes se destinaba a resistir pudiera empezar, por fin, a sostener.
Entre ese proceso de clarificación y la integración final hubo un momento intermedio que ahora reconozco como la fase alquímica de la citrinitas: un amanecer interno que señala una dirección. Es el punto en el que la comprensión se convierte en coherencia y el trabajo interior empieza a traducirse en decisiones, en presencia y en una manera distinta de estar. En nuestro caso, ese reordenamiento tuvo que ver con entender que lo femenino profundo no era algo abstracto, sino la capacidad de sostener simultáneamente lo creativo y lo destructivo sin fragmentarnos, integrando ambos polos en el corazón para que ninguno gobierne desde el inconsciente.
La etapa de la rubedo hizo posible una integración, suficiente por momentos, para sostener lo que somos sin dividirnos. Nos dio la posibilidad de abrazar la totalidad, incluida la parte que antes habríamos rechazado y, al hacerlo, destilar una esencia más real, menos dependiente de la imagen y más vinculada a la verdad interior.
Desde esta comprensión, entiendo que Amalurra no fue un proyecto que aplicó una teoría alquímica, sino un laboratorio vivo donde el tiempo, la convivencia, la tierra y las crisis actuaron como agentes de transformación, igual que en la naturaleza el calor, el frío, la presión y la estación adecuada generan procesos que no pueden forzarse, pero sí acompañarse.
Ninguna sustancia se perfecciona sin atravesar un tiempo de descomposición y reorganización. Lo mismo sucede con una persona, con una comunidad o con una visión: lo no integrado requiere tiempo, continuidad y contención para reorganizarse y lo importante es poner conciencia. Por eso, el proceso que vivimos fue una cocción lenta, sostenida por ese “fuego interior” del que habla la alquimia, o lo que, en la práctica, yo llamo presencia y conciencia. Estar presentes implica constancia: sostener la atención cuando aparecen las dificultades, hasta que lo que estaba excluido pueda ser visto e integrado.
Haber estado en Egipto, atravesando este proceso de manera personal junto a Matías, me ha permitido reconocer con más claridad cómo se fue desplegando el proceso alquímico en Amalurra, aunque entonces no lo nombráramos así. Sus fases no se dieron una sola vez, sino que reaparecieron en distintas etapas, como parte de un recorrido continuo.
La transformación no es lineal ni ideal: incluye momentos de oscuridad, exige responsabilidad y pide integración. Y, cuando ese recorrido se sostiene con presencia, puede empezar a asentarse algo más estable, auténtico y enraizado; en definitiva, algo con corazón.
Para mí, este es un proceso que, cuando parece culminar, abre una nueva etapa. Esa nueva etapa nos invita a volver a caminar, en clave de evolución, atravesando de nuevo las cuatro fases del proceso alquímico. En próximos textos, seguiré ahondando en la fase de nigredo, porque ahí se abren algunas de las claves más delicadas y más necesarias de todo el recorrido.
